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Entre Dos Mares, a merced de los vientos....

Buenos Aires, mi primera vez (I)

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por - 27/02/2010 a las 00:33 (717 Visitas)
Buenos Aires, mi primera vez (I). El Impacto….

Después de 12 horas y 45 minutos de un vuelo interminable, rodeado de pasajeros molestos y desubicados por causa del alcohol, y del poco cuidado de la tripulación, sólo deseas atisbar en el horizonte alguna señal del lugar de destino. Quizás por eso sobrevolar Buenos Aires por primera vez, de noche, tras atravesar compactas nubes de humedad, resulta tan impresionante. Un inmenso rompecabezas de luces y calles perfectamente cuadradas se va formando ante tus ojos, atónitos, parece mentira que pueda existir semejante aglomeración de asfalto tan ordenada, tan superpoblada.

La Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Aire fue fundada por Juan de Garay el 11 de junio de 1580. La actual Buenos Aires, capital de la República Argentina, es hoy una descomunal urbe de más de 14 millones de habitantes entre la ciudad propiamente dicha, y su inmenso cinturón urbano e industrial, además de locomotora económica de la otrora gran potencia agroalimentaria del planeta, hoy denominada como “país emergente”, cosa que al porteño le causa cierta gracia - “emergente ¿de dónde?”, se preguntan irónicamente-.

Ezeiza, su aeropuerto internacional, vive más relajado en materia de controles que sus homólogos de otras partes del mundo. Cuentan con la histeria de los países ricos provocada por el terrorismo, y con los controles en esos lugares de origen para suavizar la llegada al viajero. La Argentina está muy lejos, y además, un vuelo desde España es rutinario, habitual, inofensivo. Alrededor de 100 dólares norteamericanos, canadienses o australianos, como paga de entrada deben abonar los/as ciudadanos/as de esos países para acceder al país como medida “recíproca”, donde las dan las toman…. Sonrisas y “bienvenidas” para los que forman la cola del pasaporte nativo; papeleo y preguntas de rutina para los que poseen documentos de otros colores que no sean los de los países de Mercosur (azul). Durante más de 100 años llevar un pasaporte español era sinónimo de emigración o exilio por estas latitudes, hoy es símbolo de posesión de uno los “papeles” más deseados, el euro; los tiempos cambian, y un pueblo acostumbrado a nutrirse de emigrantes y de crecer al ritmo de la llegada de los mismos apenas lo nota. Ezeiza abre sus puertas en el mismo momento en el que la señora de la ventanilla corrige por tercera vez el nombre del hotel de destino, y estampa con pereza el visado de turista de 90 días que va a lucir en la primera página del pasaporte.

La sensación de total confianza se acentúa cuando el único obstáculo para acceder a los equipajes es un señor con uniforme de la PFA (Policía Federal Argentina) que mira a la nada mientras caminas bajo presuntos detectores de metales que, al parecer, no están disponibles para vuelos de bajo riesgo; nada que ver con la vieja Europa, donde dentro de poco no tendrán ni el más mínimo pudor en desnudarnos “por nuestra seguridad”. Los equipajes no se hacen esperar, y la puerta de acceso a la terminal se abre, estrecha, y ante nosotros se muestran decenas de caras expectantes y entre sonrientes y ansiosas; gritos, llantos de alegría y voces de emoción dejamos atrás. A nosotros nos esperan buenos amigos, de los de verdad, de los que no fallan, de los que quieres, pero es pronto para emocionarse.

El bofetón de calor (la terminal de llegadas de Ezeiza apenas ofrece un poco de alivio) golpea duro al salir a la calle. La humedad es una losa inclemente, despiadada, no te deja respirar tras pasar del frío casi extremo a los 37 grados de sensación térmica a las once de la noche. Sientes plomo en los tobillos, y miras al cielo, totalmente rojizo, esperando todavía un mejor momento para descargar, rogando por un alivio. Está más oscuro que en Europa, se nota, el aparcamiento alterna las furgonetas deportivas de alta gama con verdaderas reliquias de las cuatro ruedas que apenas pueden mantenerse en pié, y el marcado acento porteño de los viandantes no da lugar a dudas…..”Estás en Argentina, estás en Sudamérica” te repites.

El paseo al centro de la Capital Federal (ciudad autónoma con gobierno propio distinto al del resto de la provincia, pero compartiendo el nombre) es un viaje caótico, pero divertido. La conducción por la autopista parece una carrera, por la rapidez y por los bruscos cambios de carril en los que los intermitentes son, por regla general, preciosos adornos en los coches, pero totalmente inservibles. “130 km/h como máxima velocidad, 60 km/h como mínima” te indican en los enormes cartelones de los peajes, entre dos y tres pesos por usar la vía, mucho menos de un euro. Queda menos, la enorme Avenida Juan B. Justo te acoge y ya estás en la Ciudad, pero las distancias no se miden en parámetros españoles, mucho menos andaluces, es una mega urbe, y como tal, el tráfico es intenso a pesar de estar en plenas vacaciones de verano, y la Ciudad bulle. Nos perdemos momentáneamente, debajo de un puente un PFA nos indica el camino mientras sus compañeros observan la pequeña villa miseria que se asienta cerca de las vías del tren de la que salen pequeños juguetones y saltarines....No hay duda, “estás en Argentina, estás en Sudamérica”.

Las calles cuadradas de Buenos Aires se suceden vertiginosamente, Palermo Soho se acerca, y la inmensa Avenida de Córdoba, unidireccional como casi todas las avenidas de la ciudad, se muestra con tráfico intenso, desordenado, pero muy fluido. Todo sucede a velocidad de vértigo, las calles paralelas alternativamente ofrecen una dirección a los vehículos, parece fácil perderse, pero cada esquina tiene un cartel con nombres, números y flechas; “un breve cursillo de 5 minutos y la Ciudad será mía”. “Thames 1300-1200 ” reza una de las señalizaciones, llegamos. Una breve vuelta de una cuadra (unos 100 metros) y estamos “en casa”. Pero “la casa”, una bella villa-casona reformada para ser un “petit” hotel, muy de moda en esa zona de Buenos Aires tiene problemillas. No eres una persona razonable tras tantas horas de vuelo, y Luisa (la perenne única empleada del hotel, 24 horas disponible con su propia habitación para vivir) se afana en rogarte que no abandones, “que todo estará bien por la mañana”. Accedes, pero la losa de la humedad te acosa y necesitas aire, aunque sea viciado. Tu compañera, fiel y siempre atenta sabedora de la ansiedad que te provoca volar, y en definitiva, vivir situaciones nuevas, te hace tu primer regalo porteño. Un taxi nos espera en la puerta y te hace cumplir un sueño en común, pasear por una de las calles más vivas del mundo, Corrientes. No hay duda, “estás en Argentina, estás en Sudamérica”.

Una postal nocturna, llena de vida, de coches, de luces de neón, de cines, de teatros, de tiendas abiertas 24 horas donde encuentras libros, vinilos, litografías, postales, carteles antiguos, te embarga, te embruja. Hay suciedad, gente acostada sobre cartones a las puertas de los bancos y teatros cerrados por vacaciones, una madre amamanta a su hijo a las puertas de la pizzería Güerrin, una institución porteña a la que acuden actores, actrices, deportistas de élite, gentes de la farándula, que se mezclan con la ciudadanía de a pié. Tres plantas de restaurante, pizzas gigantescas que salen a la velocidad del rayo, y botellas de refresco de 350 ml a menos de un euro de precio, la Ciudad es frenética, y estás demasiado cansado para tantas novedades y emociones. No es un buen momento para paladear lo que a tu alrededor se cuece, es hora de descansar, el cuerpo lo pide, mañana será otro día.

Hay mucha oscuridad en las calles de Palermo Soho, los árboles tapan la ténue luz de las escasas farolas que están encendidas; iluminan más las luces de seguridad de los portales de las viviendas, que se encienden inmediatamente cuando se activan sus sensores de movimiento en la calle; la habitación es un horno (pleno mes de febrero, equivalente al mes de agosto del Hemisferio Norte), así que el remedio cercano es la piscina y el jardín; hasta una simple tumbona de plástico y tela te parece la mejor de las camas en tu estado de derrota total física y mental. Casi duermes cuando notas las primeras gotas de lluvia que anuncian una tormenta, es hora de volver adentro. El calor no importa, la lluvia de verano se convierte en diluvio intenso en pocos segundos, y el sonido de las gotas cayendo con fuerza sobre el techo te acompañan en tu sueño, ahora sí, completo. “No hay duda –te vuelves a decir antes de caer rendido-, estás en Argentina, estás en Sudamérica”.
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Comentarios

  1. Avatar de Finiki
    dios,otro betico en buenos aires,que haces aqui?
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