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Sala de Prensa

El hombre bueno, el señor de siempre

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por - 24/06/2014 a las 11:22 (1849 Visitas)
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ID: 26893En el imaginario de los béticos hay una relación de nombres providenciales a los que se asocia inequívocamente con las mejores esencias del club. Esas señas de identidad que han fortalecido la leyenda imperecedera del Real Betis a largo de más de un siglo y que siempre se vinculan con el tesón, la resistencia, el romanticismo y el sentimiento. Su sello distintivo marcado a sangre y fuego por los colores verdiblancos y el manquepierda.

Y en ese cuadro de honor, sólo al alcance de unas muy pocas personalidades del beticismo, figura con letras de oro el nombre de Manuel Simó Mateos, quizá el más fiel de todos los fieles, quizá el más abnegado y competente de todos aquellos que pusieron su vida al servicio de este misterio inexplicable que se va perpetuando de generación en generación.

Manuel Simó arribó a la tierra prometida recién iniciada la década de los 30 y se mantuvo en su puesto, firme y enhiesto, hasta que en 1978 recibió la llamada para reunirse en los cielos verdiblancos con su querido Andrés Aranda, con Manuel Ruiz Rodríguez, con Benito Villamarín, y con gran parte de aquella constelación de béticos que amanecieron con el Balompié y tuvieron la oportunidad de conocer a Papa Jones y a los pioneros del sport.

En ese largo tránsito de años, Manuel Simó fue testigo excepcional de la mayor epopeya que recogen los anales del fútbol español, aquella que significó el triunfo de la ilusión contra la lógica implacable que marcaba la dura realidad. El triunfo del Betis, el Real Betis Balompié, contra todos.

Acudió el primero a la vieja secretaría de la calle Bilbao a mitigar los destrozos provocados por las bombas del 18 de julio y, desde entonces, fue guardián de todos los pesares que arrastró aquella época. Y como es natural y humano, pasó muy malos ratos. Tantos, que, según su propia confesión, cualquier tropiezo del Betis –y en aquellos años no faltaron- significó mucho para aquel educado gentleman que era custodio de los arcanos béticos.

Fue Secretario Técnico, Secretario General, Directivo, Delegado de Campo, Consejero en la más verdadera acepción del término, a veces Vicepresidente para ocupar huecos imprescindibles y en ocasiones Presidente de facto para que jamás hubiera vacíos de poder en esa institución a la que servía con pasión de militante.

Y, junto a todo eso, fue el mejor embajador, el más elegante, el más diplomático, a la hora de sellar acuerdos o abrir hostilidades. La cara más amable, pero más firme, de aquel Betis que dejó de acudir a Martos o a Utrera para imponer su talante en los templos sagrados del fútbol nacional cuando Benito Villamarín dotó de munición moderna a los viejos idealistas de la postguerra.

La prensa de la época lo adoraba. Y tenía motivos. Su teléfono fue siempre al que recurrir –fuese la hora que fuese- para preguntar si se había cerrado el fichaje de aquel entrenador, si este futbolista del que tanto se hablaba estaba a punto de estampar su firma como jugador del Betis o para conocer si, finalmente, Del Sol se iba al Madrid o Quino al Valencia, por poner sólo un par de ejemplos notablemente públicos.

No es de extrañar por ello, que, tanto en los días felices –como cuando recibió la Medalla al Mérito del Trabajo Deportivo que le concedió la Federación Andaluza en 1969-, como en los momentos dolorosos que siguieron a su muerte pudieran leerse en los periódicos de la ciudad alabanzas tan sentidas como esas que lo definían como “singular consejero de directivos, que transmitió su estilo y su hidalguía a todas las cosas del club que por su mano pasaron” y en el que ponderaban “su tremendo señorío, su aire irónico, la fina y doctoral perseverancia, la sentencia inapelable de sus palabras y hechos, el predicador por costumbre de venturas, el hombre bueno, el señor de siempre”.

Bondad y señorío del que podrían hablar largamente muchos de aquellos árbitros que encontraron en su figura de delegado de campo al ángel de la guarda que serenaba los ánimos, templaba enfados, y que incluso, si falta hiciera, los metía en un taxi y los acompañaba hasta cualquier estación alejada de Sevilla donde pudieran coger el expreso con dirección a Madrid sin riesgo de ser acosados por los aficionados más exaltados.

Ese permanente vivir “viviendo el Betis” le llevó a alcanzar un grado de conocimiento de la metafísica verdiblanca sólo al alcance de los grandes iniciados. Y también por esto, se le reconoció siempre que “fue de los pocos que se rebeló contra el largo letargo de la Tercera, de los pocos que aceptaron como meramente circunstancial el declive tremendo de los años cuarenta, de los pocos que hicieron donación generosa de su esfuerzo y de su aplomo”.
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Por eso fue capaz de aprehender hasta sus más ocultos límites el alma inmaterial del sentimiento bético, ese que jamás podrán explicar los tratados convencionales que hablan de fútbol y de competencia.
Consciente de que el Betis, el Real Betis Balompié, estaba mucho más allá de algo tan terrenal, llegó a proclamar que “parece que el Betis tiene un “sino”. Seguimos una trayectoria que constantemente está dando vueltas y que es difícil de enderezar”.

Y nadie dio más vueltas que Manuel Simó Mateos en torno a ese universo de pasiones verdiblancas. Vueltas y vueltas en torno a un ideal que, por serlo, difícilmente tiene concreción posible. Así ocurre desde que el mundo es mundo.

Para mi desgracia, por razones de edad, conviví muy poco –casi nada- con tan destacado aristócrata del beticismo, aunque su nombre siempre estuvo presente en las conversaciones de aquellos que me llevaron de la mano a los jubilosos domingos de Heliópolis. Guardo apenas un vago recuerdo de aquel señor que solemnemente recorría la distancia entre la caseta de la esquina de gol norte con el banquillo, y tomaba asiento junto a Antonio Barrios, César Rodríguez, Pepe Valera, y todos los entrenadores que vinieron detrás en esos primeros años de militancia de aquel niño bético.

Tuve oportunidad de conocerlo en los días febriles que anunciaban la conquista copera del 77, cuando el periodismo de la época se arrimaba a aquel oráculo venido de la prehistoria bética, pero faltaría a la verdad si dijera que lo traté lo suficiente como para haber sido consciente entonces de la importancia de su legado.

Por ello, me resultó tan revelador oír sus palabras hace ya varios años en aquella vieja cinta magnetofónica depositada en la fonoteca de Radio Sevilla. Me pareció que escuchaba el Viejo Testamento del Betis eterno. La palabra de nuestros mayores. La verdad resuelta de quien había transitado por todos los caminos.

Ese relato oral que responde a las preguntas fundamentales -¿quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos?-, es el que ahora tiene, blanco sobre verde, en este cuidado libro. El sermón de la Montaña de los balompedistas que jugaron en el Prado de San Sebastián, de los béticos que un día supieron ser campeones y que, al poco, anduvieron durante no sé cuantos días y no sé cuantas noches por el árido desierto del infortunio.

Pero que fueron capaces de resucitar de todas sus muertes. Como está escrito. Principalmente, gracias a todos los que fueron como Manuel Simó Mateos. Uno de esos béticos de los que venimos todos los béticos.

Manolo Rodríguez
A Pelusa97, BTS y a Lars von Betis les gusta.

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