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por - 31/10/2016 a las 10:07 (584 Visitas)
El jugador del Real Betis durante un partidoEl nuevo proyecto verdiblanco continúa cuesta abajo y sin frenos. Pasan las jornadas y el equipo no sabe a lo que juega y, lo que es más preocupante, Poyet desconoce cómo arreglarlo. Ni siquiera cuando diseña un once inicial con relativa cordura, sentando a un Piccini que pedía a gritos un banquillazo y reformulando su esquema para utilizar un 1-4-4-2 con Rubén Castro y Sanabria en punta.

Cambios que no supieron neutralizar el encefalograma plano de una medular desaparecida en combate, incapaz tanto de crear juego como de contener al rival.

Sólo es capaz de generar peligro a partir de los arreones de un Joaquín que, por momentos, parece el único al que le duele hierve la sangre verde, pero cuya aportación no resulta suficiente para sacar los partidos adelante.

Sobre todo, cuando los rivales necesitan hacer muy poco para tumbar a la escuadra de las trece barras. Si no, que se lo digan a un Espanyol malo de solemnidad, falto de ideas e intensidad al que le bastó presionar un poco para mantener a raya a los heliopolitanos, que, para colmo, dejaron libre de marca a Diego Reyes para que sentenciara la contienda a la salida de un córner.

Cierto es que el larguero y Diego López evitaron el empate e, incluso, habrá quien aluda a varias jugadas dudosas en el área visitante. Pero ni siquiera eso puede servir como excusa para un Betis que esperaba estar peleando de mitad de tabla para arriba y que con casi un tercio de competición consumido está preparado simplemente para pelear por evitar el descenso.

Sólo el hecho de que aún quede tiempo de sobra para arreglar este desaguisado permite tener cierta esperanza en que la cosa cambie, aunque a tenor de los últimos acontecimientos se hace dificilísimo pensar que vaya a ser así.

Con un equipo que vaga sobre el campo como alma en pena, perdido y a la deriva, incapaz de entender y creer las indicaciones de un Poyet que sigue olvidándose de la autocrítica, pero no de buscarse cada semana nuevos enemigos, todo parece destinado a repetir una vez más los errores de un pasado que se quería olvidar, pero que vuelve a acudir fiel a su cita de cada temporada.

No sólo se están perdiendo puntos, sino también tiempo y credibilidad. Porque quienes rigen los destinos de ese proyecto ambicioso que quería poner al club en el sitio que merece por historia y afición no están a la altura de las circunstancias. Siguen poniendo sus miras muy altas mientras, paradójicamente, tiran de conformismo en relación al banquillo.

Con lo que hay no resulta suficiente y urge encontrar cuanto antes un revulsivo que haga reaccionar a un vestuario que no avanza en la asimilación de un método con el que lleva trabajando desde que arrancó la pretemporada.

El mercado invernal queda lejos todavía como para encomendarse ya a él. Es más, hay fondo de armario suficiente como para ofrecer otra cara. No es cuestión sólo de las piezas, sino de cómo se utilizan. Y a día de hoy está claro que a Poyet le viene enorme este puzzle que tiene delante.

Los síntomas son de sobra conocidos, porque se han vivido antes con otros protagonistas. Se sabe lo que pasará si no se toman cartas en el asunto cuanto antes.

¿Para qué esperar a que la clasificación se complique más y haya que cambiar por completo de objetivo? ¿Qué más hay que esperar para que la directiva demuestre sus ganas de crecer provocando una reacción? No hay más ciego que el que no quiere ver, sobre todo cuando tiene ante sus ojos más de lo mismo, una historia cuyo final se puede prever de antemano.

J. Julián Fernández

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