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Texto completo de Manolo Rodríguez - Medalla de Oro al Real Betis

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por - 14/02/2013 a las 12:33 (2071 Visitas)
EL REAL BETIS BALOMPIÉ

Pocas instituciones sevillanas merecen tanto un elogio como este símbolo de la ciudad que hoy honramos.

El Real Betis Balompié de Sevilla. Un club que es mucho más que fútbol. Una entidad que ha navegado ya por dos siglos y que en esa larga travesía ha tejido una leyenda tan formidable que resulta casi imposible poderla abarcar con palabras.

Aún así, haremos el intento.

Por ello, en primer lugar, quiero agradecerle a la Cámara de Comercio y al Real Betis que me hayan confiado la realización de esta laudatio o alabanzas de mérito.

Una encomienda que me llena de satisfacción y orgullo, ya que, como afirmó en su día Don Santiago Montoto de Sedas, también a mí me ocurre que “soy bético sin poder evitarlo”.

El Betis es memoria de la ciudad, parte indisociable de su historia deportiva y económica, nombre capital en la provincia y emblema de muchas de esas cosas nuestras que nos hacen ser lo que somos.

Tal vez la razón por la que un periodista madrileño escribió ya en 1935 que el Betis es “lo más sevillano que hay en Sevilla”.

Una sociedad deportiva que amaneció a principios del siglo XX y que, desde entonces, ha recorrido los calendarios con un sello genuino y particular que, sin duda, lo hace irrepetible.

Una creación continuada y centenaria, que es el resultado de la capacidad creativa de los béticos.

Por eso, durante más de un siglo, ha sido capaz de sobrevivir a todos los huracanes:

A la dureza de las postguerra, a las estrecheces económicas, al resultado del domingo, a la clasificación de la temporada, a la categoría en la que milite, a las decisiones de sus dirigentes, a la inquina de sus detractores y a la maldad de sus enemigos.

Con todo eso han podido los béticos.
Quizá por lo que Joaquín Romero Murube confesó su beticismo:

Por “romanticismo, tesón y sevillanía”.

Tres excelentes razones para entregarle el corazón a este misterio tan difícil de escrutar.

A esa suma de actos de amor en los que se mezclan las fechas y los nombres, las luces y las sombras y las voces y los ecos.

Y ahí aparece entonces el Betis romántico que prefirió llamarse balompié.

Y los colores verdiblancos, y el nombre latino del Río Grande, y la confesión de Gil Gómez Bajuelo, declarándose bético por “haber nacido en Sevilla y ser Sevilla la capital de la Bética”.

Y la presidencia poética de Sánchez Mejías.

Y los primeros grandes éxitos:

• Aquella final de Copa jugada en 1931 cuando el Betis aún era de segunda división.

• Y el ascenso a la máxima categoría un año más tarde, trayendo a Sevilla el primer fútbol grande que conoció la ciudad.

• Y el primer título que llegó a Sevilla. La liga del 35, entre clamores del viejo Patronato.

Una epopeya esta última de la que se podrían contar mil historias.

• Como la de aquel partido contra el Madrid en el que, al decir de los periódicos, “se provocó una animación en la ciudad sólo comparable a los días grandes de la Semana Santa y de la Feria”.

• Historias que tendrían como protagonista a mister Patricio O,Connel, el entrenador irlandés que los llevó al éxito. Aquel que fuera capitán del Manchester United, y quien dejó dicho que en Sevilla la gente era tan apasionada que vivía como si se fuera a morir esa misma noche.

• Historias, en fin, de aquella plantilla llena de vascos que se hospedaban en la pensión de la hermanas Conde y que jamás olvidaron la huella del Betis y de la ciudad de Sevilla.

Algo que siempre recordó en el exilio mexicano Jon Aedo, hijo del mítico Serafín Aedo, cuando cada domingo, antes del almuerzo, veía como su padre se retiraba para escuchar a través de Radio Exterior los resultados de la jornada de liga en España y saber cómo había quedado el Betis.

Y junto a todo esto, la Corona del escudo.

El romántico título de realeza concedido por Alfonso XIII en 1914.

Ese que el año próximo cumplirá un siglo.

Un privilegio que allegó para la entidad Don Pedro Rodríguez de la Borbolla y Serrano y que desde entonces ha vinculado para siempre al Betis con la Casa Real.

Como ocurrió en 1963 cuando la plantilla verdiblanca se desplazó a Lisboa para disputar un partido amistoso contra el Spórting en el estadio José Alvalade.

Llegados a Portugal, lo primero que hicieron los expedicionarios béticos fue acudir a Villa Giralda para presentarle sus respetos a los Condes de Barcelona, Don Juan y Doña María de las Mercedes, y entregarle un ramo de flores a tan augusta bética.

Un gesto de indudable valentía política en la España franquista, que se vio agrandado horas más tarde, cuando, a petición del Betis, Doña María presenció el partido desde el palco presidencial junto a las autoridades lusas.

Años más tarde, en 1995, quiso la fortuna que Doña María pudiera disfrutar en Heliópolis del aplauso de los suyos y que se mostrara orgullosa del escudo que con tanta felicidad lució aquel día.

Y también quiso el destino que la primera Copa que entregara su hijo Juan Carlos como Rey de España fuera para el Real Betis Balompié.

Sin embargo, su título de mayor eco, el de liga de 1935, lo consiguió cuando la realeza había desaparecido de su nombre. En plena República y un año antes de estallar la guerra.

Y ya se sabe que el Betis padeció, quizá como ningún otro club, la gran tragedia de la Guerra Civil.

Perdió en el frente o en el exilio a la mayor parte de sus jugadores, sufrió el bombardeo de su sede social, y hubo de renunciar a su recién estrenado campo de Heliópolis, convertido en cuartel general de las tropas italianas.

Un cúmulo de circunstancias que hundieron al club deportiva y socialmente, hasta provocar su caída en Tercera División y abocarlo al riesgo de la desaparición.

Fue en ese momento, ante tanta desgracia, cuando comenzó a tejerse la leyenda del indomable.

Cuando la lealtad de un puñado de soñadores derrotó a la lógica.

Cuando pudo sobrevivir gracias al tesón invocado por Romero Murube.

Y fue entonces cuando, a golpe de necesidad, se acuñó el manquepierda. Un grito senequista que jamás significó una rendición, sino todo lo contrario.

Fue el triunfo de la dignidad, del orgullo, y de una filosofía que aparentemente podía confundirse con el pesimismo.

Pero que era, en su esencia, todo lo contrario.

Era el grito optimista que sin duda esperaba días mejores, y, al mismo tiempo, la mayor demostración de fidelidad que imaginarse pueda.

Es por esto que la gran historia del Real Betis, su análisis sociológico, su comprensión absoluta, pasa ineludible, obligatoriamente, por esa franja de años en los que la entidad luchó en solitario contra todos, hasta forjarse por los siglos de los siglos el carácter genuino, particular, intransferible, de un club que no necesita ganar para ser querido.

• Ese que llevó al poeta Moreno Galvache a escribir que “el Betis siempre resucita de todas sus muertes”.

• Y al dibujante Martínez de León a poner en boca de su personaje “Oselito” que “el Betis, como el junco, se dobla, pero nunca se quiebra”.

• Lo que hizo afirmar a Don Adolfo Cuéllar Contreras que “lo más hermoso del Betis fue su entrañamiento en la derrota”
• A que Antonio Hernández, poeta y bético, glorificara ese viaje iniciático a Utrera, lleno de ingenuidad y de esperanza, que llamaron “la Marcha Verde”.

• A que Nicolás Salas escribiera que el Betis, en aquellos años, “más que un club de fútbol constituía una manera de ser y de pensar.”

• A que mi querido Tomás Furest llegara a la conclusión de que el Betis es un veneno sin antídoto.

• Y, en definitiva, a que se envolvieran en la nube de la leyenda aquellos tiempos en que los futbolistas vivían bajo las tribunas y se rifaba por la calles para ir tirando.

De entonces aquí, el manquepierda ha sobrevivido a modas y generaciones.

Se ha establecido como el gran icono nominal del Real Betis Balompié, y sólo de él, sean cuales sean sus circunstancias.

Sin duda, uno de sus mayores activos y su recreación más precisa. El término que lo hace más reconocible a nivel nacional e internacional y el que mejor define la eterna fidelidad que le dispensan sus seguidores

Esos que nunca dejaron, ni dejarán, que camine solo.

Los mismos béticos de otras generaciones que, pasados los años, salieron a la calle a miles un soleado 15 de Junio.

Otra vez para culminar una nueva reconquista:

Para recuperar la dignidad y el futuro, para volver a ser lo que fueron, para abrazarse con los sentimientos, para proclamar su alegría de ser béticos y para galopar hasta ver enterrados en el mar los grilletes y las cadenas.

Y todo, gracias al tesón invocado por Romero Murube.

Hoy, el Betis es una empresa a la que mueve el sentimiento de los béticos.

Pero una empresa.

Que tiene un presupuesto de más de 47 millones de euros y que según los cálculos actualizados de nuestro admirado Emilio Carrillo, le aportaría 0,3 puntos porcentuales al PIB anual de la ciudad y unos 3,5 al sector de servicios diversos en el que la entidad verdiblanca se inserta.

Una sociedad creadora de empleo y riqueza, comprometida con su entorno, integrada en proyectos públicos y privados de interés social, y promotora ella misma de múltiples actividades culturales, formativas y de participación ciudadana.

Es lo que demandan los tiempos.

Pero en el Betis, esta visión empresarial no fue común hasta la llegada a la presidencia de Benito Villamarín.

El primer dirigente que supo capitalizar el enorme potencial social de la entidad y quien profesionalizó el club poniendo en los puestos claves a técnicos cualificados.

Villamarín, tras recoger el testigo de hombres providenciales y generosos como Pascual Aparicio o Manuel Ruiz Rodríguez, equilibró la sociedad, compró el estadio, mejoró las instalaciones, impulsó la cantera y dotó a la entidad de una proyección nacional e internacional como no se recordaba hasta entonces.

Aquellos fueron días felices.

Concluyó la travesía del desierto, se consiguió el anhelado ascenso a Primera División y hasta Heliópolis llegaron excelentes futbolistas que le alegraron la vida a todos aquellos que habían sufrido tanto.

Pero, sobre todo, llegó Del Sol.

Luis del Sol Cascajares.

El primer gran héroe del Betis moderno. El primer Dios tras el Infierno de la Tercera.

Un futbolista irrepetible, al decir de mi querido Luis Carlos Peris, “que en adelante propiciaría que el domingo que jugase el Betis en casa fuese como un domingo doble, más domingo que nunca”.

Luis del Sol fue el orgullo de toda una generación.

Esa que lamentó su marcha al Real Madrid, pero que siempre lo acompañó desde la distancia en sus Copas de Europa, sus Scudettos y su enorme fama como jugador de talla mundial.

Volvió al final de su carrera, y, al menos, no dio la oportunidad a muchos de ver a ese ídolo que había hecho felices a nuestros padres.

Para entonces, ya había muerto Villamarín

Cruelmente muy joven. Y con su desaparición, se cerró una etapa.

Retornó la inestabilidad, y se olvidaron por un tiempo los reflejos dorados de aquella competición europea disputada por primera vez dos años antes, o de aquel Carranza victorioso ante el Boca Juniors y el Benfica.

Lo que no faltó nunca fue el sentimiento, ni el romanticismo, ni el tesón de los béticos, encarnado ahora en otros nombres míticos.

En particular, Rogelio.

Rogelio Sosa Ramírez.

El que supo ser en cada ademán como es el Betis mismo: distinto e imprevisible.

Rogelio, capitán indiscutido durante más de una década, le entregó toda su vida al Betis y fue el eslabón que unió a diversas generaciones de futbolistas.

Vio marcharse a León Lasa, a Luis Aragonés, a Eusebio Ríos y a Quino y saludó la llegada de Esnaola, de Cardeñosa y de Gordillo.

Y aún tuvo tiempo de formar parte de aquel equipo que se proclamó Campeón de Copa en 1977, gracias a los tres penalties parados por Esnaola.

La Copa Grande, como la llamó Manolo Ramírez, ese amigo cuya ausencia nos sigue arañando el alma.

Mirada en su conjunto, la Copa del 77 fue mucho más que una conquista deportiva.

Fue uno de esos trazos sociológicos que van determinando la historia de este club único a lo largo de los tiempos.

Para aquellos que vivieron la travesía del desierto en Tercera División, significó la confirmación definitiva de que su lucha había tenido sentido.

Y para los más jóvenes, fue como un despertar a un tiempo nuevo.

A un mundo donde no sólo cabía el orgullo de ser béticos, llueva o ventee, sino además la ambición de ser campeones.

Aquel fue, sin duda, un importante espaldarazo social al Betis moderno.

Memorables noches europeas, jugadores en la selección, ampliación del estadio…

Y una pléyade de futbolistas monumentales liderados por Don Julio Cardeñosa.

Y Gordillo.

Rafael Gordillo Vázquez.

Sencillamente un prodigio que, además, fue de los pocos futbolistas que siempre pareció lo que era.

El mismo muchacho del Polígono que repartía entre sus iguales, que hablaba sin afectación, que no trasladaba al papel la grandeza de su esfuerzo.

Años más tarde la historia bética lo puso a prueba. Le encargaron los trabajos de Hércules y únicamente supo decir que sí.

Y no sólo hizo su tarea, sino que la realizó ejemplarmente.

Pasó de ser el número 3 a ser el Presidente Rafael Gordillo, la mejor imagen que podía soñarse para el Betis nuevo.

El símbolo más universal en el tiempo presente del sentimiento bético.

Ese Rafael Gordillo que, al decir de Alberto García Reyes, incluso le está devolviendo al Betis el cariño de sus rivales.

Y es probable que muchas de sus actuaciones como dirigente estuvieran guiadas en su momento por el ejemplo que vio en sus mayores.

Particularmente en Pepe Núñez, el Presidente de la Copa Grande, ese hombre tan discreto, tan señor, tan cabal, que en la actualidad ostenta la distinción de ser el socio número 1 del Real Betis.

El Presidente de la humildad y la elegancia, que fue capaz de afianzar de nuevo esa vertiente empresarial que el club estaba demandando.

En los últimos 30 años han pasado muchas cosas, pero quizá estén demasiado cercanas en el recuerdo.

• La demolición de parte del estadio y las nuevas tribunas para el Mundial 82.

• El Betis OIT, en feliz acuñación de Antonio Burgos

• La negativa de Antonio Tenorio a abandonar su patria de Heliópolis

• Los goles de Rincón

• Las faltas de Calderón

• La Ley de Sociedades Anónimas Deportivas

• Y el 92.

• Y todo lo que vino después del 92…

Una época que aún debe ser esclarecida en sede judicial.

Pero que tuvo luces que invitan al recuerdo. Tales como:

• El ascenso de Burgos

• La providencial llegada de Lorenzo Serra.

• Y Kaiserlautern.

• Y Alfonso haciendo magia.

• Y “el elogio de derrota” en la final de Copa del 97

• Y las tribunas nuevas de Gol Norte y Fondo

• Y el cielo de la Copa y de la Champions en aquel irrepetible 2005.

El máximo orgullo para honrar a todos esos que en diversos momentos se asoman a este relato.

Todos esos que hicieron el Betis día a día desde 1907 y que nunca jamás hubieran soñado siquiera con ver a ese equipo que tanto quisieron en la competición más grande.

Ganándole al Chelsea, empatando en Liverpool.

Miles de béticos de toda condición y de todas partes. Que todos valen igual.

Pero que seguramente podrán verse representados en los nombres míticos de: Alfonso Jaramillo, Andrés Aranda, Manolo Simó, Pepe Valera, José María de la Concha, Antonio Picchi, Vicente Montiel, Pedro Buenaventura y Alberto Tenorio, por citar solo a unos pocos.

Lo de hoy ya lo conocen.

Tras la rebelión del 15-J se empezó a hablar en otros ámbitos.

Y ahí estamos.

A veces en estado de shock al recibir trágicos reveses como los que supusieron las muertes de Juan Manuel Gómez Porrúa y de Miki Roqué.

Pero en general, con el espíritu en calma.

Ilusionados ante los nuevos retos y viviendo el Betis con la tranquilidad de saber que los actuales dirigentes sólo pretenden obtener lo mismo que el conjunto de los béticos: la felicidad

Que por algo dice Pepe Rodríguez de la Borbolla, presidente que fue de los andaluces, y bético de nación, “que el fin social de la propiedad del Betis es la procura de la felicidad de los béticos”.

Por todas estas cosas y por otro ciento que habré omitido, merece el Real Betis Balompié esta Medalla que tan generosamente le concede hoy la Cámara de Comercio de Sevilla.

Y por su sevillanía, claro.

El tercer pilar de la trilogía sentimental y bética de Joaquín Romero Murube.

El Betis es hijo de la ciudad y su vinculación con Sevilla podríamos encontrarla casi cada día de estos 106 años vividos.

Pero como está la cosa como está, me refiero a los malos momentos que vive la sociedad, he querido traerles, para terminar, unas palabras de Romero Murube escritas en aquellos años de las penurias béticas.

Dicen así:

“El Betis llegó a formar una inderrocable moral a prueba de derrotas, que nosotros veíamos compaginadas con la quiebra y mala fortuna de otras muchas actividades sevillanas.

Pero en vez de adoptar esa inexplicable renunciación que hemos aplicado, para nuestra desgracia, a tantas adversidades –la de subirnos de hombros en vez de subirnos de corazón-, el Betis, tras la hecatombre, arremetía todas las tardes con más entusiasmo y más alegría hacia la conquista de su gloria.
Estas calidades de la afición del Betis, llevadas a otras parcelas, ¿qué ciudad, qué Sevilla no nos hubiera proporcionado y gozaríamos ahora?”.

Eso dejó escrito Romero Murube

Y, claro, tras oírlo, cabe preguntarse:

¿A qué van a tener que ser los béticos los que arreglen esto también”.

Felicidades al Real Betis.

Muchas gracias


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