Hasta siempre, Miki
por - 25/06/2012 a las 14:16 (894 Visitas)
Es tremendamente complicado escribir cuando tienes tantas cosas que quieres decir, pero no sabes bien cómo expresarlas. Cuando sabes que las palabras, por bien que queden o bonitas que sean, están absolutamente de más. Casi imposible explicar lo que sientes cuando todavía, pese al paso de las horas, eres aún incapaz de asimilar lo que ha ocurrido. Porque ya es definitivo que Miki no volverá, pero resulta demasiado duro hacerse a la idea de que se ha ido.
Lo ha hecho sin hacer ruido, casi por sorpresa, al modo en el que irrumpió en el primer equipo. Fue en octubre de 2010, ante Las Palmas, en un partido en el que demostró con creces que había llegado para quedarse. Su espigada figura se agigantaba sobre el terreno de juego, aportando contundencia a un eje central de la zaga que hizo suyo en nada de tiempo. Sólo las molestias físicas eran capaces de sacarlo del once inicial, pero no de quitarle esa eterna sonrisa que parecía tener tatuada en sus labios.
Ni siquiera la perdió aquel fatídico 5 de marzo de hace un año, cuando entre lágrimas anunció que tenía que dejar momentáneamente el fútbol para curarse de una enfermedad que, desgraciadamente, ha podido más que él. Su entereza, con apenas 22 años en aquel momento, describía a la perfección el luchador que siempre había sido, convencido de que, costase lo que costase, sería capaz de alcanzar sus objetivos.
Apenas veía la situación como un obstáculo más de una carrera en la que la suerte sólo le sonrió en contadas ocasiones y a cuentagotas. Sabía a la perfección que en esta vida nadie regala nada y se había curtido desde muy joven en un mundo en el que pasó de los flashes y las cámaras de la Champions, donde llegó a debutar con el Liverpool, a los campos de Segunda B en las filas del Cartagena y el Betis B.
La palabra cáncer sonaba casi irrisoria a su lado. Todos estábamos convencidos de que no iba a poder con él por su juventud, su voluntad inquebrantable y el ánimo que desde el primer momento le brindó sin descanso esa fiel infantería verdiblanca que nunca falla. Incluso, las noticias que iban llegando así lo confirmaban, abriendo de par en par la puerta a la esperanza de un regreso que el propio Miki había prometido en cuanto le fuese posible.
Pero las cosas no terminaron de salir como se esperaba y la enfermedad ha acabado imponiéndose a un gigante que, por mal que se pusiesen las cosas, jamás tiró la toalla. Atrás queda su legado, el de un ejemplo de superación constante que se ha ganado, por derecho propio, el respeto y el cariño de una afición que, por más que pase el tiempo, seguirá echándolo en falta.
El ‘eterno 26’ ya está en ese ‘Cuarto Anillo’ desde donde escuchará cada domingo cómo la grada del Villamarín corea su nombre poco antes de la media hora de juego. Permanecerá grabado a fuego en la memoria de un beticismo que lo ha convertido ya en leyenda y lo utilizará como símbolo perfecto del ‘Manquepierda’. No se ha ido, sólo ha vuelto para insuflar ánimos a sus compañeros desde el mismísimo cielo.
Porque, como le escuché a alguien hace tiempo, la elástica de las trece barras tiene el poder de hacer inmortal a todo aquel que la defendió como él, a base de esfuerzo, casta y coraje, en algún momento. Además, nadie se va para siempre mientras haya alguien que lo recuerde y aquí, como ya ha quedado claro, sobran fuerzas y voluntarios para seguir haciéndolo. Hasta siempre, Miki.



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